Es habitual escuchar hoy en día la idea de que es mejor no bautizar a un niño para «respetar su libertad» y que sea él quien decida cuando sea mayor. Sin embargo, este planteamiento encierra una profunda trampa: la supuesta neutralidad no existe.
Decidir no bautizar a un hijo no es dejarlo en blanco; es imponerle también un criterio: el nuestro. Es condicionarlo desde el principio con nuestra propia ignorancia, nuestro desinterés o nuestra falta de valoración hacia la vida de gracia y los sacramentos.
Desde la fe católica, la perspectiva es radicalmente distinta: el Bautismo no es una imposición autoritaria, sino un acto supremo de amor, cuidado y protección espiritual.
1. La salud del alma no espera
Ningún padre espera a que su hijo cumpla dieciocho años para decidir si le proporciona alimento, medicina o educación. De la misma manera, si estamos convencidos del valor del alma, no podemos privar a un hijo del regalo de la vida eterna, de la presencia del Espíritu Santo y de la salud espiritual. Retrasar el Bautismo es robarle meses o años de bendición y de auxilio divino.
2. La trampa de la «neutralidad»
Si unos padres le ofrecen a su hijo lo que consideran el mayor bien humano —educación, valores, cultura— sin esperar a su permiso, ¿por qué privarlo del mayor bien divino? Al no bautizarlo con el pretexto de no condicionarlo, en realidad le estamos transmitiendo un mensaje claro: que Dios y los sacramentos no son necesarios para la vida. Le imponemos nuestra propia visión desacralizada del mundo.
3. Educar para la verdadera libertad
La verdadera libertad no consiste en crecer sin raíces ni certezas, sino en tener la capacidad y las herramientas para elegir el Bien. Bautizar a un niño no anula su voluntad futura; al contrario, le da la luz espiritual y la gracia para que, al llegar a la madurez, pueda dar un «sí» consciente, sólido y libre a Dios.
«La Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le confirieran el Bautismo poco después de su nacimiento». (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1250)
Bautizar a un hijo no es restar libertad: es ofrecerle el mayor tesoro, cuidando su alma desde el primer instante y evitándole el vacío de crecer al margen de la gracia de Dios.
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