Por un lado es de valorar el respeto de quienes no estando en gracia de Dios, no se acercan a recibir la Eucaristía. Pero es una pena observar que son muchos los que no se acercan a recibirla.
A menudo la confesión nos impone. Sentimos pudor, freno, e incluso cierto temor. Nos cuesta dar el paso porque en el confesionario nos presentamos desnudos, sin máscaras: somos exactamente lo que somos ante Dios. Y reconocer nuestras propias miserias ante otra persona da miedo. Ciertamente, la confesión tiene la estructura de un tribunal; pero es el único tribunal del mundo donde sabes que entras siendo culpable y sales absuelto. Por eso, no se concibió para atenazarnos, sino para todo lo contrario: es el sacramento de la alegría, del abrazo y del reencuentro.
Es imposible no pensar en la parábola del hijo pródigo —o mejor dicho, del Padre misericordioso—. El hijo no vuelve a casa para recibir una condena, sino para encontrarse con una fiesta, un abrazo y una dignidad restituida. Dios no nos espera para pedirnos cuentas con frialdad, sino para devolvernos la vida.
Para acercarnos a la Eucaristía necesitamos coherencia. No podemos recibir el Cuerpo de Cristo si con nuestros actos estamos fragmentando su Iglesia. En los últimos tiempos se ha intentado suavizar el lenguaje hablando de «pecado grave» o «situación seria», pero la palabra tradicional es tan dura como acertada: pecado mortal. Se llama mortal porque destruye la vida de la gracia en el alma y rompe la comunión.
Aunque el juicio interior solo pertenece a Dios y a una conciencia bien formada, no podemos olvidar la dimensión pública de nuestros actos. A veces, nuestro comportamiento externo y nuestras actitudes son motivo de verdadero escándalo para los demás. No se puede vivir de espaldas al Evangelio en la vida cotidiana y pretender comulgar como si nada ocurriera. Si hemos herido el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, necesitamos que esa misma Iglesia nos rehabilite a través de la reconciliación.
A pesar de nuestras reservas, reconciliarse con Dios es un proceso sumamente sencillo. Se articula en cinco pasos claros que no admiten atajos ni fuegos artificiales:
Examen de conciencia: Consiste en mirar dentro de uno mismo. Al confesor no le interesa el cotilleo ni los pecados del vecino, del cónyuge o del compañero de trabajo. Se trata de poner luz sobre nuestras propias faltas.
Propósito de enmienda. Tras la confesión, la vida diaria ha de dar un cambio.
Dolor de los pecados: No es un dolor de barriga ni un arrebato de lágrimas emocionales. Es la pena sincera de haber fallado a quien tanto nos ama.
Propósito de enmienda: No basta con un vago «voy a intentar ser bueno». Significa concretar la vida espiritual, poner medios reales para encaminarnos a la santidad, que no es otra cosa que participar de la vida misma de Dios.
Decir los pecados al confesor: Breve y al grano. El sacerdote es solo una mediación, un instrumento de la Iglesia. Dios ya te conoce a fondo y no lo puedes engañar; decirlo en voz alta es un acto de humildad y liberación.
Cumplir la penitencia: Es el último paso y consiste simplemente en reparar, en la medida de lo posible, el daño que hemos causado.
Solo en las manos de Dios se administra un perdón así de pleno. Quitémonos el miedo y acerquémonos a la confesión: entremos con la verdad de nuestras faltas a ese tribunal único, sabiendo que la sentencia siempre será el abrazo del Padre.
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