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Vocación: Entre la llamada universal y la respuesta sacerdotal

​Existe una confusión muy extendida en nuestro lenguaje cotidiano cuando hablamos de la "vocación". Con frecuencia la reservamos de forma exclusiva para aquellos que visten hábito o sotana, como si la santidad fuera un territorio acotado para unos pocos especialistas de lo sagrado. Nada más lejos de la realidad.


​Para comprender el misterio de la vocación sacerdotal, es imprescindible partir de una premisa fundamental: todos los bautizados compartimos una misma vocación primera, la vocación universal a la santidad.

​La santidad no es un privilegio, es una exigencia bautismal
​Por el Bautismo, todo laico queda injertado en Cristo y llamado a encarnar las exigencias del Evangelio en el estado de vida que le corresponda. La vida en virtud no es opcional para el cristiano; es el desarrollo natural de la gracia bautismal. El padre de familia, la médica, el obrero o el docente están tan obligados a vivir la caridad, la justicia y la fe en el mundo como cualquier consagrado. La santidad se juega en lo cotidiano.
​Sin embargo, dentro de este gran marco del Bautismo, surge una llamada con entidad propia y diferenciada: la vocación sacerdotal.
​Vocare: Dios es quien elige, no nosotros
​Conviene recordar el origen etimológico de la palabra: vocare, que significa llamada. La vocación no es un proyecto personal, un deseo de autorrealización ni una carrera profesional que uno elige libremente según sus preferencias. En el sacerdocio, es Dios quien toma la iniciativa y llama al candidato.
​Aquí es donde solemos cometer un error habitual: confundir la afición o la devoción con la vocación.
​A un joven le pueden gustar mucho las cosas de la liturgia, la música sacra, la piedad popular o colaborar en la parroquia. Todo eso son indicios positivos, pero no constituyen por sí mismos una vocación. Usando una imagen muy gráfica: a alguien le pueden gustar mucho los toros e ir con frecuencia a la plaza, pero ser aficionado es una cosa y otra muy distinta es ponerse delante del toro... y no solo una tarde, sino para siempre. La vocación sacerdotal compromete la vida entera porque imprime carácter; transforma el ser del hombre para configurarlo con Cristo Cabeza y Pastor.

​¿Hay pocas vocaciones? La crisis de la hombría y la exigencia

​Se repite a menudo, con preocupación, que hoy hay pocas vocaciones sacerdotales. Ciertamente las hay, pero no debemos olvidar una verdad fundamental: las vocaciones sacerdotales se surten de lo que existe en la sociedad. La Iglesia no recluta candidatos en el vacío ni en otros planetas; los seminaristas salen del mundo y del tiempo que nos toca vivir.
Tal vez habría que decir con valentía que hay pocas vocaciones al sacerdocio porque hay pocas vocaciones para ser hombres. La sociedad actual adolece, en gran medida, de una falta de formación en las exigencias propias del carácter, del esfuerzo y de la responsabilidad personal. Cuando a los jóvenes se les ahorra el sacrificio, la renuncia y el sentido del deber, es muy difícil que de ese caldo de cultivo brote la fortaleza necesaria para asumir compromisos definitivos. La escasez de vocaciones es, en el fondo, el síntoma de una crisis más profunda: la dificultad de formar hombres cabales, capaces de entregar la vida por un ideal supremo.

​La base humana: la gracia presupone la naturaleza
​Un aspecto crucial que jamás debe obviarse es que la vocación sacerdotal se asienta y se edifica sobre cualidades y virtudes humanas. No se puede ser un buen sacerdote si antes no se es un hombre íntegro, educado, equilibrado, honesto y maduro. La gracia divina no anula la naturaleza humana, sino que la perfecciona.

​Como solía recordar un viejo sacerdote con gran sabiduría: «Puede existir una ética sin religión, pero nunca una religión sin ética».
​No basta con ser piadoso o rezar mucho si faltan las virtudes humanas elementales: la palabra dada, la empatía, el respeto, la justicia o el sentido del deber. La fe no es un refugio para suplir carencias de madurez o de carácter; al contrario, exige una base sólida sobre la que pueda apoyarse la misión de cuidar y guiar a los demás.

​A veces se oye decir a algún joven, con cierta inquietud o pudor: «Es que a mí me gustan las mujeres». Lejos de ser un obstáculo, eso es un requisito previo indispensable. Para ser sacerdote hay que ser un hombre cabal, con una afectividad madura y capacidad de atracción normal. No se renuncia a lo que se desprecia o se teme, sino a lo que se valora y se ama. El celibato no es la huida de la masculinidad ni del matrimonio, sino la entrega gozosa de la propia capacidad de amar en una paternidad de otro orden.

​Matrimonio y sacerdocio: el mismo cimiento de virtudes
​En el fondo, la vocación al matrimonio —que es una vocación divina en toda regla— y la vocación sacerdotal comparten los mismos cimientos humanos y espirituales. Quien no reúne las cualidades de madurez, entrega y equilibrio para la vida matrimonial, difícilmente las tendrá para la vida sacerdotal, y viceversa.
​Ambos estados de vida exigen radicalmente lo mismo: capacidad de sacrificio, entrega generosa, olvido de uno mismo, abnegación, fidelidad y perseverancia. Un hombre egoísta, incapaz de renunciar a sus caprichos o de dar la vida por los suyos, fracasará tanto como esposo y padre de familia como en el ejercicio del ministerio sacerdotal. La materia prima del corazón humano es la misma; lo que cambia es el cauce por el que ese amor se entrega.

​El hogar: primer crisol del alma
​Todas estas cualidades y virtudes no nacen en el vacío. Se cultivan y se detectan en un terreno concreto: la familia. Es en el hogar donde se maman las virtudes humanas y cristianas primordiales. La generosidad, el sentido del límite, la capacidad de perdón y la abnegación vienen en gran medida esculpidas desde la casa. La familia es el lugar idóneo donde el joven descubre su vocación bautismal y donde se va gestando la predisposición para responder a cualquier llamada de Dios.
​Posteriormente, el discernimiento exige un proceso largo de preparación en el seminario. No se trata solo de estudiar Teología o Filosofía; se trata de aquilatar, afinar y moldear esas actitudes que ya venían germinando desde la infancia. Es un tiempo de prueba donde las virtudes iniciales se van puliendo al fuego de la oración, el estudio y la vida comunitaria.

​Ni ángeles ni iluminados: la Iglesia es quien llama
​A diferencia de lo que algunos puedan imaginar, la vocación sacerdotal no se confirma porque se aparezca un ángel a medianoche ni por una revelación mística personal. No hay lugar para "iluminados" en el discernimiento vocacional. Ningún candidato puede adjudicarse la vocación a sí mismo por el mero hecho de sentir un deseo interior.

​Dios utiliza mediaciones humanas. Cristo llama a través de la Iglesia.
​Por eso, el candidato nunca sabe a ciencia cierta y de forma definitiva que tiene vocación sacerdotal hasta un momento preciso: cuando el Obispo impone sus manos sobre su cabeza. En ese acto sacramental, es la Iglesia la que ratifica, llama y envía. Hasta ese instante, el joven es un aspirante en discernimiento; a partir de ese momento, es un llamado por Dios a través de su Iglesia para el servicio de todo el Pueblo de Dios.

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