En Torremanzanas, como en tantos otros rincones donde la vida aún se mide por las estaciones y no por el aire acondicionado, el sentido común no necesita de grandes informes técnicos ni de comités de expertos. Se aprende pisando el terreno, observando la vegetación, entendiendo el tiempo y conociendo cada palmo de campo.
Ayer, una de esas personas a las que con justicia cabría calificar de eminencia —no por ostentar un título colgado en la pared, sino por el conocimiento de quien vive el territorio día a día— dejaba caer una frase lapidaria frente a la mirada distante de quienes solo conocen el monte por foto o desde un despacho de ciudad:
«Los fuegos del verano se apagan en invierno.»
Una sentencia breve, contundente y llena de una verdad arrolladora.
La brecha entre el despacho y la realidad
En los meses de canícula, cuando los telediarios se llenan de imágenes sobrecogedoras de llamas devorando hectáreas de bosque y los helicópteros no dejan de volar, surgen las prisas, las promesas y las grandes declaraciones sobre la extinción de incendios. Sin embargo, para cuando el fuego ya ha prendido con 40 ° a la sombra y viento en contra, el margen de maniobra es mínimo. En verano solo se combate la emergencia; la verdadera batalla se pierde o se gana mucho antes.
Se gana en los meses fríos, cuando la lluvia y el barro dominan el paisaje y el sol apenas calienta. Es entonces cuando hay que «apagar» el fuego:
Gestión y desbroce: La masa forestal no controlada, el matorral seco y la leña acumulada son el combustible que alimenta los grandes incendios. Si el monte no se limpia ni se gestiona en invierno, se convierte en un polvorín en agosto.
El valor de los usos tradicionales: Históricamente, el pastoreo extensivo —con el ganado limpiando el sotobosque— y el aprovechamiento de la madera mantenían la montaña protegida de forma natural. El abandono del campo ha dejado nuestros montes a merced del abandono.
Infraestructuras y cortafuegos: El mantenimiento de caminos forestales y cortafuegos se planifica y ejecuta con calma en la época de bajo riesgo, permitiendo que en el momento crítico los retenes de bomberos puedan actuar con seguridad y rapidez.
Escuchar a quien sabe
Resulta paradójico que en una época con tanta tecnología e información técnica, a menudo se ignore la voz de quien realmente sabe de vegetación, de tiempo y de monte porque lleva toda una vida conviviendo con ellos. La gente de pueblo, la gente de Torremanzanas, entiende que la naturaleza no responde a la burocracia de un calendario de oficina, sino a ciclos constantes que exigen previsión, trabajo constante y, sobre todo, respeto.
Ojalá quienes tienen en su mano las decisiones de gestión territorial pasaran menos tiempo entre moquetas y más tiempo escuchando a quienes pisan la tierra. Nos iría a todos mucho mejor, y nuestros bosques llegarían al verano mucho más protegidos.
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